Rompo en mil pedazos los recuerdos que
me quedan y me sorprendo a mi misma porque al hacerlo no se me rompe
el alma de esa misma forma.
La rabia consume mis pensamientos y los
convierte en menos dolorosos, no siento tristeza, sólo ira.
Borro poco a poco las huellas que
dejaste por mi vida aunque es mucho el trabajo que me
espera para conseguirlo por completo.
Dentro de unos meses, algún año
quizá, los recuerdos sólo serán eso, recuerdos
borrosos que se perderán en el presente de mi nueva vida.
No me martirizo, todo ocurre por alguna razón y
sé que me espera lo mejor que me ocurrirá en la vida,
confío en ello.
Anulo de mi mente los últimos
años, no quiero pensarte, no quiero dedicarte ni un segundo
más. No lo mereces.
Soy una nueva persona, voy cargando las
pilas de vitalidad que me robaste, la batería de alegría
y sonrisas que dejaste vacía, la energía positiva que
me hiciste perder.
Ya no tengo lágrimas, las
secaste todas, ahora sólo me quedan sonrisas y nunca serán
para tí, nunca debieron serlo.
Sobrevivo a este caos, pero sobrevivo,
y sé que seré más feliz de lo que he sido en el
pasado. De lo que fui contigo. No será difícil.
No he dejado que me hundas, saldré
adelante mejor de lo que hubieses podido imaginar, mejor de lo que
podría imaginar yo.
La vida te devolverá todo lo que
hayas hecho, y tú lo sabes. Y te martiriza. De hecho, ya ha
empezado a pasarte factura.
Me alegro, porque aunque me duela como
si muriese poco a poco por dentro, sé que es lo mejor que me
ha podido pasar.
Ya no te llevo como lastre. Ya no me
robas la vida. Ya no tienes control ni poder sobre nada que tenga que
ver conmigo. Ya no existo para tí. Ya no existes para mí.
Me siento libre. Liberada. Viva.
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